Conciencia,cooperación, altruismo, autocontrol, risa, memoria ¿Son sólo cualidades humanas?

Los grandes simios son nuestros parientes más cercanos. Nos gusta pensar que somos completamente diferentes, los más listos del planeta y que dominamos el mundo. Compartimos el 98% del ADN con los chimpancés, y un 96% con los gorilas, ¿qué hay en el ese pequeño porcentaje restante? Hace pocos millones de años, éramos la misma especie. Con el apoyo de los siguientes vídeos realiza una reflexión sobre lo que nos une.

Conciencia
Durante siglos, teólogos, filósofos y humanistas de todas las tendencias han especulado sobre la naturaleza de la conciencia, siempre desde la premisa de que es algo exclusivamente humano.

La conciencia puede definirse de varias maneras, pero desde el estudio de la evolución humana, creemos que es la capacidad de ser consciente y de reconocer la propia existencia. Probablemente éste fue un paso determinante en la historia evolutiva del ser humano y la pieza que permitió el desarrollo de habilidades tan fundamentales como la creación de redes sociales complejas o ser capaz de imaginarse lo que otro piensa o siente.


Cooperación
La idea de una naturaleza agresiva en la que no hay espacio para los más débiles ha dominado los modelos mentales de la sociedad. Aseveraciones como “la ley del más fuerte” son sólo una pequeña parte de la complejidad de las dinámicas sociales.

A través de sus observaciones, Charles Darwin intuyó que el altruismo había jugado un papel fundamental en la evolución de las especies, pero no supo encajarlo en el marco de la selección natural. Era consciente de que representaban una amenaza para su teoría porque en un primer análisis existe una contradicción, puesto que todas las formas de cooperación conllevan un grave riesgo de ser explotado por compañeros egoístas. Para un individuo, colaborar no es siempre la estrategia más útil en un entorno de compañeros insolidarios, pues su supervivencia se verá seriamente afectada.

Reciprocidad y altruismo
Durante siglos, la idea de una naturaleza agresiva en la que no hay espacio para los más débiles ha dominado los modelos mentales de la sociedad. Aseveraciones como “la ley del más fuerte” son sólo una pequeña parte de la complejidad de las dinámicas sociales.

Es fácil observar en cualquier situación cotidiana que la especie humana posee una fuerte tendencia a ayudar a otros. En un principio, el propio Charles Darwin tenía problemas para explicar ciertas conductas de cooperación y altruismo presentes en la mayoría de los organismos, y aunque suponían una seria amenaza a sus ideas, intuía que habían jugado un papel clave en la evolución.


La agricultura y la ganadería, o incluso estudiar, entre otras muchas, son estrategias que están basadas ePaciencia y autocontrol
En muchas ocasiones los beneficios de esperar son mayores que los beneficios de actuar de inmediato.

Ser paciente y demorar una recompensa no es sólo importante para los humanos sino también para los animales, pues la eficacia biológica depende en ocasiones de maximizar los beneficios.

La capacidad de renunciar a las recompensas inmediatas al hoy, en favor de algo mejor mañana.


La risa y el contagio emocional
El contagio emocional es la tendencia a sentir e interiorizar emociones similares a las que observamos, y de la misma manera, condicionar las de otros. Es un proceso en el que la persona es influida y a la vez ejerce influencia sobre las emociones y comportamientos de otras personas o grupos. Esto suele ocurrir a través de la inducción consciente o inconsciente de los estados emocionales, lo que finalmente nos permite experimentar las sensaciones que en principio nos son ajenas. Reacciones corporales, expresiones faciales involuntarias, posturas inconscientes, lenguaje, el tono de voz, el acento, el léxico y un largo etcétera.

Nuevas evidencias del contagio emocional provienen de la investigación neurocientífica sobre neuronas espejo, realizadas con macacos en la Universidad de Parma, por el grupo liderado por Giacomo Rizzolatti. Este neurocientífico probó que el vínculo existente entre observar y ejecutar uno mismo la acción es tan grande y sus efectos, tan similares, que en ocasiones se confunden. Asimismo, existen otros fenómenos que descansan sobre los mismos mecanismos cognitivos y que además son pruebas de su existencia, son el contagio de la risa y el bostezo. Éste último ha sido probado con éxito en chimpancés, lo que sugiere que compartimos circuitos neuronales similares con los grandes simios.


Memoria
Los seres humanos somos capaces de recordar multitud de datos e incluso memorizamos con cierta facilidad cadenas de números complejas como son los teléfonos, documentos de identidad, claves de seguridad y un sin fin de cifras de todo tipo.

Sin una poderosa memoria no podemos recordar a nuestros amigos y a nuestros enemigos, además de aprender de la experiencia acumulada.

MUEVE EL ESQUELETO, LEVANTA EL ÁNIMO


Los griegos y romanos habían intuido mucho antes que nosotros que la mente sana es el subproducto de un cuerpo sano, pero no habían podido demostrarlo. Hoy, afortunadamente, contamos con numerosas pruebas experimentales que nos han convencido de que el cuidado de la salud física produce una mejor salud mental. Las horas pasadas en el gimnasio no sólo desarrollan los músculos, sino la memoria; un cuidado diario de la dieta –el otro soporte de la salud– mejora el ánimo y la capacidad cognitiva.
Recuerdo muy bien mis primeros balbuceos en la universidad, en donde los interesados en las distintas asignaturas –como se las llamaba entonces– dábamos por hecho que las personas apuestas y fornidas tenían una inteligencia inferior al promedio; los frágiles, mal hechos y sin huellas en sus músculos de la salud física eran, en cambio, más inteligentes. Experimentos muy específicos efectuados recientemente tienden a demostrar lo contrario. En promedio, los feos y decrépitos son más tontos y los apuestos, más estudiosos.
En todos los casos estamos descubriendo, atónitos, que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta –los soportes básicos de la salud física– tienen una repercusión en la salud mental. Lo que están sugiriendo las pruebas efectuadas en distintos laboratorios es que la memoria y la capacidad cognitiva mejoran con los soportes de la salud física. Lo que todavía no sabemos es qué tipo de deporte es el más adecuado para mejorar el ánimo, la memoria o el grado de entendimiento. Tampoco estamos seguros de cuánto tiempo se debe dedicar a estos cuidados. Con toda probabilidad es mejor pasarse que quedarse corto.
¿Cómo funciona este mecanismo extraordinario? El ejercicio físico envía, a través de la corriente sanguínea, productos químicos como la proteína IGF1 al cerebro. La proteína en cuestión se convierte allí en una especie de gendarme que empieza a dictar instrucciones para que el organismo aumente la producción de FNDC (factores neurotróficos derivados del cerebro), que alimenta los procesos responsables de un pensamiento más sofisticado. Se ha comprobado en ratones e intuimos que ocurre algo parecido en los humanos.
Desde entonces he aconsejado a mis nietas que no me mencionen si están deprimidas sin saber primero lo que les pasa con la proteína IGF1 y el FNDC porque su problema puede ser de muy fácil solución. Ahora ya sabemos que, si bloqueamos el crecimiento del FNDC, interrumpimos el aprendizaje y perjudicamos la memoria.
Lo más asombroso de este nuevo escenario es constatar el impacto positivo de la salud física, o más bien de la cimentación de los pilares sobre los que se asienta la salud física, en enfermedades como el alzheimer, la dislexia o la depresión. En los roedores se ha visto que a partir de un momento dado su cerebro empieza a acumular una proteína llamada beta-amiloide; en las personas aquejadas de alzheimer, esta proteína aflora formando espesas placas, que son la señal inconfundible de la enfermedad.
Somos conscientes ahora de la correlación existente entre el ejercicio físico y las correspondientes ventajas neuroprotectoras, aunque no sabemos todavía el mecanismo exacto para poder inhibir los efectos traumáticos o activar los curativos.
A esto unimos el impacto del cuidado de la dieta –la necesidad imperiosa de ácidos grasos del tipo omega 3 para el buen funcionamiento cerebral–. La falta de esos ácidos grasos, por ejemplo, se asocia a enfermedades tales como dislexia, depresión, desorden bipolar, demencia y esquizofrenia. Es cierto que después de muchos esfuerzos mucha gente se ha convencido de que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta eran trascendentales para preservar su salud física. ¿Nos costará otro tanto convencerlos ahora de que está en juego también su salud mental?

E. PUNSET

DUOMO FIRENZE

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