Tema para reflexionar: "Casi humanos"

En el otoño de 1950, una draga que se encontraba a una milla de distancia de las costas de Florida, detonó una carga de dinamita a varios metros de profundidad. Tras el estruendo, apareció un delfín visiblemente herido que era incapaz de ascender para respirar a consecuencia de la explosión.
De repente, dos compañeros se colocaron a un lado cada uno y, sosteniéndole, le ayudaron a alcanzar la superficie para tomar aire hasta que el herido se recuperó y pudo nadar por sí mismo. En otras ocasiones se ha observado cómo algunos delfines con arpones clavados en el cuerpo, son auxiliados por otros individuos que intentan romper el sedal o dan fuertes golpes a los cascos de los barcos.
Esta asombrosa convergencia en un organismo de una inteligencia desarrollada y capaz de una gran complejidad social sólo se ha dado en contadas ocasiones en la historia de la evolución de las especies, probablemente únicamente en primates, elefantes y cetáceos. Además, surgió en procesos completamente independientes, ya que el ancestro común de delfines y humanos vivió hace más de 95 millones de años y, por lo tanto, la inteligencia en estas especies evolucionó de forma separada.
Los delfines pertenecen a una familia de especies muy numerosa, la familia de los delfínidos, que incluye también a orcas y cachalotes. Todos ellos proceden de un género parecido al de los ciervos, llamado Indohyus. Estos animales vivieron en el Eoceno, hace 55 millones de años aproximadamente, y estaban emparentados con el ancestro del hipopótamo. Uno de los aspectos más interesantes de la historia evolutiva de los delfines es que, debido a algún cambio brusco en el entorno, sus ancestros regresaron al mar tras un largo periplo en la Tierra de varios millones de años.

Casi humanos

En unas investigaciones llevadas a cabo en los años ochenta por el biólogo Louis Herman, de la Universidad de Hawai, con un delfín mular llamado Akeakamai, se demostró que éste era capaz de procesar información semántica y sintáctica. El equipo comprobó que los delfines entienden que un cambio en el orden de las palabras, se traduce en un cambio del significado del mensaje, lo que prueba que estos seres son capaces de asimilar una estructura gramatical. Por ejemplo, no es lo mismo decir “lleva esta piedra a Pedro” que “lleva a Pedro a la piedra”.
Un ejemplar de delfín del Oceanogràfic de Valencia (imagen: Diego Mújica, Oceanogràfic).
Akeakamai también era capaz de usar símbolos y asociarlos a diferentes objetos que habían sido introducidos previamente en la piscina. En otra prueba, ante la pregunta de los investigadores sobre si un objeto estaba presente o ausente en el tanque de agua, el delfín debía responder sí o no apretando una palanca. En aproximadamente un 90% de las ocasiones, respondió correctamente.
Se ha probado también que los delfines que habitan en libertad en la Bahía Tiburón, en el oeste de Australia, utilizan herramientas. Parece ser que se cubren el morro con esponjas a modo de fundas de protección, mientras remueven la arena del fondo del mar en busca de alimento. De esta forma, evitan herirse con los corales y los peces peligrosos que hay enterrados. Sabemos además que este comportamiento es cultural, porque es adquirido mediante aprendizaje social de otros compañeros y transmitido de generación a generación. Por tanto, saben imitar. Además, son capaces de reconocerse ante un espejo.
Aunque la distancia genética entre humanos y delfines es grande, estos asombrosos seres poseen algunas características que inducen a pensar en la existencia de una poderosa inteligencia que merece ser estudiada en profundidad, ya que de manera misteriosa, evolucionó sin conexión alguna con la nuestra. Por esta y otras razones, observar e investigar a los delfines puede resultar fundamental para conocer la naturaleza y origen de la inteligencia del ser humano.




MUEVE EL ESQUELETO, LEVANTA EL ÁNIMO


Los griegos y romanos habían intuido mucho antes que nosotros que la mente sana es el subproducto de un cuerpo sano, pero no habían podido demostrarlo. Hoy, afortunadamente, contamos con numerosas pruebas experimentales que nos han convencido de que el cuidado de la salud física produce una mejor salud mental. Las horas pasadas en el gimnasio no sólo desarrollan los músculos, sino la memoria; un cuidado diario de la dieta –el otro soporte de la salud– mejora el ánimo y la capacidad cognitiva.
Recuerdo muy bien mis primeros balbuceos en la universidad, en donde los interesados en las distintas asignaturas –como se las llamaba entonces– dábamos por hecho que las personas apuestas y fornidas tenían una inteligencia inferior al promedio; los frágiles, mal hechos y sin huellas en sus músculos de la salud física eran, en cambio, más inteligentes. Experimentos muy específicos efectuados recientemente tienden a demostrar lo contrario. En promedio, los feos y decrépitos son más tontos y los apuestos, más estudiosos.
En todos los casos estamos descubriendo, atónitos, que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta –los soportes básicos de la salud física– tienen una repercusión en la salud mental. Lo que están sugiriendo las pruebas efectuadas en distintos laboratorios es que la memoria y la capacidad cognitiva mejoran con los soportes de la salud física. Lo que todavía no sabemos es qué tipo de deporte es el más adecuado para mejorar el ánimo, la memoria o el grado de entendimiento. Tampoco estamos seguros de cuánto tiempo se debe dedicar a estos cuidados. Con toda probabilidad es mejor pasarse que quedarse corto.
¿Cómo funciona este mecanismo extraordinario? El ejercicio físico envía, a través de la corriente sanguínea, productos químicos como la proteína IGF1 al cerebro. La proteína en cuestión se convierte allí en una especie de gendarme que empieza a dictar instrucciones para que el organismo aumente la producción de FNDC (factores neurotróficos derivados del cerebro), que alimenta los procesos responsables de un pensamiento más sofisticado. Se ha comprobado en ratones e intuimos que ocurre algo parecido en los humanos.
Desde entonces he aconsejado a mis nietas que no me mencionen si están deprimidas sin saber primero lo que les pasa con la proteína IGF1 y el FNDC porque su problema puede ser de muy fácil solución. Ahora ya sabemos que, si bloqueamos el crecimiento del FNDC, interrumpimos el aprendizaje y perjudicamos la memoria.
Lo más asombroso de este nuevo escenario es constatar el impacto positivo de la salud física, o más bien de la cimentación de los pilares sobre los que se asienta la salud física, en enfermedades como el alzheimer, la dislexia o la depresión. En los roedores se ha visto que a partir de un momento dado su cerebro empieza a acumular una proteína llamada beta-amiloide; en las personas aquejadas de alzheimer, esta proteína aflora formando espesas placas, que son la señal inconfundible de la enfermedad.
Somos conscientes ahora de la correlación existente entre el ejercicio físico y las correspondientes ventajas neuroprotectoras, aunque no sabemos todavía el mecanismo exacto para poder inhibir los efectos traumáticos o activar los curativos.
A esto unimos el impacto del cuidado de la dieta –la necesidad imperiosa de ácidos grasos del tipo omega 3 para el buen funcionamiento cerebral–. La falta de esos ácidos grasos, por ejemplo, se asocia a enfermedades tales como dislexia, depresión, desorden bipolar, demencia y esquizofrenia. Es cierto que después de muchos esfuerzos mucha gente se ha convencido de que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta eran trascendentales para preservar su salud física. ¿Nos costará otro tanto convencerlos ahora de que está en juego también su salud mental?

E. PUNSET

DUOMO FIRENZE

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