La importancia de invertir en conocimiento.

Esta semana en el blog del profesor Eduard Punset podemos encontrar un artículo muy interesante sobre la importancia de invertir en conocimiento.
Este siglo que acaba de comenzar demuestra que todavía nuestra especie tiene varias asignaturas pendientes, no podemos continuar resolviendo conflictos con el uso de la fuerza bruta, y tampoco podemos continuar hipotecando nuestro medioambiente para seguir manteniendo nuestros niveles de consumo. Lo que hace falta es más conocimiento.
"Conocimiento que expande los horizontes de la humanidad y que, aplicados a la vida cotidiana con un enfoque pragmático, dan origen a la tecnología –a veces, tan sencilla como el jabón utilizado para esterilizar las manos del cirujano antes de practicar una operación y, a veces, tan insospechada como la empleada para “leer” la mente con imagen por resonancia magnética funcional.
La utilización de herramientas no nos define como especie. Hace años que sabemos que los chimpancés o los cuervos pueden fabricar sus propias herramientas para obtener sus alimentos y no nos sorprenderíamos al descubrir más animales que tengan la misma habilidad. Sin embargo, lo que nos caracteriza es una diferencia cualitativa en el empleo de la tecnología y del conocimiento.
Si bien también compartimos con otros animales la habilidad de tener cultura, la nuestra se distingue por el “efecto trinquete”, es decir, no cabe la marcha atrás ni el olvido y todo nuestro conocimiento es acumulado y se construye sobre las innovaciones de todos los que nos precedieron.
El avance tecnológico de la humanidad ha sido tal que entrevemos un futuro en el que la tecnología se fusionará con la biología modificando nuestra propia naturaleza dando lugar –esta vez sí– a una diferencia cualitativa con el resto de los seres vivos".

MUEVE EL ESQUELETO, LEVANTA EL ÁNIMO


Los griegos y romanos habían intuido mucho antes que nosotros que la mente sana es el subproducto de un cuerpo sano, pero no habían podido demostrarlo. Hoy, afortunadamente, contamos con numerosas pruebas experimentales que nos han convencido de que el cuidado de la salud física produce una mejor salud mental. Las horas pasadas en el gimnasio no sólo desarrollan los músculos, sino la memoria; un cuidado diario de la dieta –el otro soporte de la salud– mejora el ánimo y la capacidad cognitiva.
Recuerdo muy bien mis primeros balbuceos en la universidad, en donde los interesados en las distintas asignaturas –como se las llamaba entonces– dábamos por hecho que las personas apuestas y fornidas tenían una inteligencia inferior al promedio; los frágiles, mal hechos y sin huellas en sus músculos de la salud física eran, en cambio, más inteligentes. Experimentos muy específicos efectuados recientemente tienden a demostrar lo contrario. En promedio, los feos y decrépitos son más tontos y los apuestos, más estudiosos.
En todos los casos estamos descubriendo, atónitos, que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta –los soportes básicos de la salud física– tienen una repercusión en la salud mental. Lo que están sugiriendo las pruebas efectuadas en distintos laboratorios es que la memoria y la capacidad cognitiva mejoran con los soportes de la salud física. Lo que todavía no sabemos es qué tipo de deporte es el más adecuado para mejorar el ánimo, la memoria o el grado de entendimiento. Tampoco estamos seguros de cuánto tiempo se debe dedicar a estos cuidados. Con toda probabilidad es mejor pasarse que quedarse corto.
¿Cómo funciona este mecanismo extraordinario? El ejercicio físico envía, a través de la corriente sanguínea, productos químicos como la proteína IGF1 al cerebro. La proteína en cuestión se convierte allí en una especie de gendarme que empieza a dictar instrucciones para que el organismo aumente la producción de FNDC (factores neurotróficos derivados del cerebro), que alimenta los procesos responsables de un pensamiento más sofisticado. Se ha comprobado en ratones e intuimos que ocurre algo parecido en los humanos.
Desde entonces he aconsejado a mis nietas que no me mencionen si están deprimidas sin saber primero lo que les pasa con la proteína IGF1 y el FNDC porque su problema puede ser de muy fácil solución. Ahora ya sabemos que, si bloqueamos el crecimiento del FNDC, interrumpimos el aprendizaje y perjudicamos la memoria.
Lo más asombroso de este nuevo escenario es constatar el impacto positivo de la salud física, o más bien de la cimentación de los pilares sobre los que se asienta la salud física, en enfermedades como el alzheimer, la dislexia o la depresión. En los roedores se ha visto que a partir de un momento dado su cerebro empieza a acumular una proteína llamada beta-amiloide; en las personas aquejadas de alzheimer, esta proteína aflora formando espesas placas, que son la señal inconfundible de la enfermedad.
Somos conscientes ahora de la correlación existente entre el ejercicio físico y las correspondientes ventajas neuroprotectoras, aunque no sabemos todavía el mecanismo exacto para poder inhibir los efectos traumáticos o activar los curativos.
A esto unimos el impacto del cuidado de la dieta –la necesidad imperiosa de ácidos grasos del tipo omega 3 para el buen funcionamiento cerebral–. La falta de esos ácidos grasos, por ejemplo, se asocia a enfermedades tales como dislexia, depresión, desorden bipolar, demencia y esquizofrenia. Es cierto que después de muchos esfuerzos mucha gente se ha convencido de que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta eran trascendentales para preservar su salud física. ¿Nos costará otro tanto convencerlos ahora de que está en juego también su salud mental?

E. PUNSET

DUOMO FIRENZE

DUOMO FIRENZE