Padres excepcionales

Autor: Pablo Herreros 24 Junio 2010

En la mayor parte de los mamíferos, la madre es la encargada de cuidar de las crías. El padre rara vez interviene de una manera directa, aunque suele procurar protección ante depredadores y otros machos del grupo. Pero existen varios primates que viven en Suramérica en los que ocurre todo lo contrario, los calitrícidos, que poseen sistemas de crianza cooperativos en los que todo el grupo interviene. Éstos son unos pequeños monos que comprende varias especies como son los titíes, los tamarinos y las marmosetas.

Aunque algunas son monógamas, también poseen sistemas poliándricos, en los que sólo la hembra dominante se reproduce y se aparea con varios machos a la vez. En los partos, el 80% de las ocasiones aproximadamente dan a luz a gemelos, que son transportados en las espaldas de los machos. Esto ocurre tanto en libertad como en cautividad. Viven en grupos muy cooperativos de hasta diez miembros de ambos sexos y se alimentan fundamentalmente de gomas, néctar, frutas e insectos. La función de las madres, excepto en los primeros momentos, está restringida a la lactancia durante unos pocos minutos al día. Por tanto, el macho es el principal cuidador junto con otros machos del grupo, que también son los responsables de alimentarlo, acicalarlo y protegerlo, hasta alcanzada la madurez. Las otras hembras del grupo no se reproducen en favor de la hembra dominante. Esto se consigue a través del retraso en alcanzar la pubertad y mediante la segregación de unas hormonas que impiden la reproducción, de manera que sólo una de ellas está disponible, como ocurre con los lobos. La hipótesis más aceptada del porqué las madres de esta especie limitan su implicación apunta al ahorro de energía para el próximo parto como causa principal, ya que cuanto antes queda libre de responsabilidades, antes puede invertir en la nueva descendencia.

Los titíes, al igual que otras especies de primates, tienen un sistema de crianza cooperativo. (Usuario de PBase).

Relata el divulgador científico Jeffrey Masson, como durante el tiempo que se dedicó a escribir su libro Paternidad en los animales, fue invitado por el primatólogo Richard Wrangham a visionar las imágenes de un nuevo pequeño primate perteneciente a la subfamilia de los calitrícidos. Con el fin de conocerlos mejor, se había introducido una cámara en un nido que se encontraba en el interior de un árbol. Las imágenes mostraban un asombroso fenómeno. Se trataba del parto de una hembra, acompañada por un macho que tras el nacimiento cortó el cordón umbilical con sus dientes y a continuación se comió la placenta. Al margen de que desconocemos cuál era el objetivo verdadero del macho y de que se trata sólo de una anécdota, puede no ser casualidad que sea en este tipo de primates donde se haya observado por primera vez.

Ya se habían observado patrones en el cuidado parental similares en especies de primates monógamas, como por ejemplo los siamang. Lo interesante es que los análisis de ADN han probado que los machos suelen cuidar de crías que no son suyas y con las que no comparten genes. El cuidado paterno o colectivo de las crías por sujetos no emparentados es un fenómeno que podemos encontrar en otros animales, como por ejemplo los cánidos, algunas especies de pájaros, insectos, y aunque no sea frecuente, y también en humanos. Lo asombroso del modelo de los calitrícidos está en el grado de implicación que muestran. De hecho, la mayoría de los miembros del grupo invierten tiempo y energía en satisfacer las necesidades de los recién nacidos. Y aunque a medida que crecen, éstos ganan independencia, se ha observado como continúan recibiendo comida de los otros machos durante largo tiempo.

Los antropólogos Peter Gray y Kermyt Anderson exploraron los comportamientos parentales de los machos en varias culturas del mundo. Estos autores creen que el papel de los padres en las bandas de cazadores-recolectores es más activo y genera relaciones más íntimas que las sociedades agrícolas, debido a que la aportación a la dieta de las mujeres en estas sociedades es mayor, por lo que deben compartir las tareas de cuidado con mayor frecuencia, ya que la mujer tiene menos tiempo para ello. Además, hombres y mujeres pasan más tiempo juntos, hay menos guerras y no hay acumulación de excedentes, por lo que la presencia de los machos en la vida social diaria es mayor.

MUEVE EL ESQUELETO, LEVANTA EL ÁNIMO


Los griegos y romanos habían intuido mucho antes que nosotros que la mente sana es el subproducto de un cuerpo sano, pero no habían podido demostrarlo. Hoy, afortunadamente, contamos con numerosas pruebas experimentales que nos han convencido de que el cuidado de la salud física produce una mejor salud mental. Las horas pasadas en el gimnasio no sólo desarrollan los músculos, sino la memoria; un cuidado diario de la dieta –el otro soporte de la salud– mejora el ánimo y la capacidad cognitiva.
Recuerdo muy bien mis primeros balbuceos en la universidad, en donde los interesados en las distintas asignaturas –como se las llamaba entonces– dábamos por hecho que las personas apuestas y fornidas tenían una inteligencia inferior al promedio; los frágiles, mal hechos y sin huellas en sus músculos de la salud física eran, en cambio, más inteligentes. Experimentos muy específicos efectuados recientemente tienden a demostrar lo contrario. En promedio, los feos y decrépitos son más tontos y los apuestos, más estudiosos.
En todos los casos estamos descubriendo, atónitos, que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta –los soportes básicos de la salud física– tienen una repercusión en la salud mental. Lo que están sugiriendo las pruebas efectuadas en distintos laboratorios es que la memoria y la capacidad cognitiva mejoran con los soportes de la salud física. Lo que todavía no sabemos es qué tipo de deporte es el más adecuado para mejorar el ánimo, la memoria o el grado de entendimiento. Tampoco estamos seguros de cuánto tiempo se debe dedicar a estos cuidados. Con toda probabilidad es mejor pasarse que quedarse corto.
¿Cómo funciona este mecanismo extraordinario? El ejercicio físico envía, a través de la corriente sanguínea, productos químicos como la proteína IGF1 al cerebro. La proteína en cuestión se convierte allí en una especie de gendarme que empieza a dictar instrucciones para que el organismo aumente la producción de FNDC (factores neurotróficos derivados del cerebro), que alimenta los procesos responsables de un pensamiento más sofisticado. Se ha comprobado en ratones e intuimos que ocurre algo parecido en los humanos.
Desde entonces he aconsejado a mis nietas que no me mencionen si están deprimidas sin saber primero lo que les pasa con la proteína IGF1 y el FNDC porque su problema puede ser de muy fácil solución. Ahora ya sabemos que, si bloqueamos el crecimiento del FNDC, interrumpimos el aprendizaje y perjudicamos la memoria.
Lo más asombroso de este nuevo escenario es constatar el impacto positivo de la salud física, o más bien de la cimentación de los pilares sobre los que se asienta la salud física, en enfermedades como el alzheimer, la dislexia o la depresión. En los roedores se ha visto que a partir de un momento dado su cerebro empieza a acumular una proteína llamada beta-amiloide; en las personas aquejadas de alzheimer, esta proteína aflora formando espesas placas, que son la señal inconfundible de la enfermedad.
Somos conscientes ahora de la correlación existente entre el ejercicio físico y las correspondientes ventajas neuroprotectoras, aunque no sabemos todavía el mecanismo exacto para poder inhibir los efectos traumáticos o activar los curativos.
A esto unimos el impacto del cuidado de la dieta –la necesidad imperiosa de ácidos grasos del tipo omega 3 para el buen funcionamiento cerebral–. La falta de esos ácidos grasos, por ejemplo, se asocia a enfermedades tales como dislexia, depresión, desorden bipolar, demencia y esquizofrenia. Es cierto que después de muchos esfuerzos mucha gente se ha convencido de que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta eran trascendentales para preservar su salud física. ¿Nos costará otro tanto convencerlos ahora de que está en juego también su salud mental?

E. PUNSET

DUOMO FIRENZE

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