Explorando la Luna, descubriendo la Tierra

Hace 40 años, los astronautas partieron para explorar la Luna, pero terminaron descubriendo la Tierra.
Durante la misión Apollo 8, el cohete Saturno V transportó tripulación por primera vez y también fue la primera vez que seres humanos fueron colocados en órbita lunar. En los planes de esta misión se especificaba que los astronautas deberían tomar fotografías de los posibles sitios de alunizaje para las misiones futuras. Antes de esto, las imágenes del hemisferio lejano de la Luna habían sido tomadas solamente por sondas robóticas.

A medida que los astronautas, que estaban adentro de la nave, emergían desde atrás de la Luna, se sorprendieron y fascinaron por una impresionante vista de la Tierra, que se elevaba sobre el horizonte lunar. Bill Anders, rápidamente tomó una fotografía de la espectacular salida de la Tierra —esto no estaba en el programa de la misión.


El astronauta no pudo haber tomado esta fotografía en un mejor momento. Era la noche de Navidad de 1968, el cierre de uno de los más turbulentos y fracturados años en la historia de Estados Unidos y del mundo. Esta imagen ofreció una nueva y muy necesaria perspectiva de "nuestro hogar".

Por primera vez en la historia, la especie humana miró la Tierra y no solamente vio un rompecabezas de estados y países sobre un mapa plano y aburrido, sino un planeta completo, sin límites marcados por fronteras, una esfera frágil con una belleza deslumbrante, flotando solitaria en un vacío peligroso. Allí había un hogar digno de ser protegido cuidadosamente.

Más tarde, el fotógrafo de la naturaleza Galen Rowell describió esta fotografía como "la fotografía con mayor influencia ambiental jamás tomada".

"Cambió por completo el rumbo de la humanidad", dice Kristen Erickson, de las oficinas centrales de la NASA, en Washington, DC. "Y fotografías similares, tomadas por las tripulaciones de las misiones Apollo 11 hasta 17, reforzaron el impacto de esta primera imagen".

Las fotografías de la gran canica azul tomadas por la nave Apollo llenaron de energía a los movimientos ecologistas y condujeron directamente a la creación de la flota moderna de satélites que observan la Tierra y que la NASA utiliza para monitorizar y predecir el tiempo, así como también para examinar los agujeros de ozono, investigar el cambio climático y mucho más.

Los astronautas de la nave Apollo se encontraban, como ellos mismos lo afirman, profundamente conmovidos y se sentían diferentes cuando vieron la Tierra desde su perspectiva privilegiada en el espacio.

"Cambió mi vida",2 dice Rusty Schweickart, astronauta de la misión Apollo 9.

"...Desde allí, solamente vez las fronteras marcadas por la naturaleza... no aquellas hechas por el hombre", afirma Eugene Cernan, quien participó en las misiones Apollo 10 y 17. "Es una de las más profundas y emotivas experiencias que jamás haya tenido".3

Apollo 17 fue la última misión tripulada a la Luna. Desde entonces, ningún ser humano ha regresado al lugar donde se puede flotar y ver la Tierra completa. La tripulación de la Estación Espacial Internacional tiene una vista hermosa de la Tierra, pero no de toda la Tierra. Debido a que la estación espacial se encuentra en una órbita de baja altitud, solamente una porción del planeta se puede ver en un determinado momento. Para ver la imagen completa, no hay mejor lugar que la Luna.




Arriba: "La Gran Canica Azul". Esta es una de las últimas fotografías de la Tierra completa tomadas por una misión. Esta imagen fue tomada por la tripulación de la nave Apollo 17.

MUEVE EL ESQUELETO, LEVANTA EL ÁNIMO


Los griegos y romanos habían intuido mucho antes que nosotros que la mente sana es el subproducto de un cuerpo sano, pero no habían podido demostrarlo. Hoy, afortunadamente, contamos con numerosas pruebas experimentales que nos han convencido de que el cuidado de la salud física produce una mejor salud mental. Las horas pasadas en el gimnasio no sólo desarrollan los músculos, sino la memoria; un cuidado diario de la dieta –el otro soporte de la salud– mejora el ánimo y la capacidad cognitiva.
Recuerdo muy bien mis primeros balbuceos en la universidad, en donde los interesados en las distintas asignaturas –como se las llamaba entonces– dábamos por hecho que las personas apuestas y fornidas tenían una inteligencia inferior al promedio; los frágiles, mal hechos y sin huellas en sus músculos de la salud física eran, en cambio, más inteligentes. Experimentos muy específicos efectuados recientemente tienden a demostrar lo contrario. En promedio, los feos y decrépitos son más tontos y los apuestos, más estudiosos.
En todos los casos estamos descubriendo, atónitos, que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta –los soportes básicos de la salud física– tienen una repercusión en la salud mental. Lo que están sugiriendo las pruebas efectuadas en distintos laboratorios es que la memoria y la capacidad cognitiva mejoran con los soportes de la salud física. Lo que todavía no sabemos es qué tipo de deporte es el más adecuado para mejorar el ánimo, la memoria o el grado de entendimiento. Tampoco estamos seguros de cuánto tiempo se debe dedicar a estos cuidados. Con toda probabilidad es mejor pasarse que quedarse corto.
¿Cómo funciona este mecanismo extraordinario? El ejercicio físico envía, a través de la corriente sanguínea, productos químicos como la proteína IGF1 al cerebro. La proteína en cuestión se convierte allí en una especie de gendarme que empieza a dictar instrucciones para que el organismo aumente la producción de FNDC (factores neurotróficos derivados del cerebro), que alimenta los procesos responsables de un pensamiento más sofisticado. Se ha comprobado en ratones e intuimos que ocurre algo parecido en los humanos.
Desde entonces he aconsejado a mis nietas que no me mencionen si están deprimidas sin saber primero lo que les pasa con la proteína IGF1 y el FNDC porque su problema puede ser de muy fácil solución. Ahora ya sabemos que, si bloqueamos el crecimiento del FNDC, interrumpimos el aprendizaje y perjudicamos la memoria.
Lo más asombroso de este nuevo escenario es constatar el impacto positivo de la salud física, o más bien de la cimentación de los pilares sobre los que se asienta la salud física, en enfermedades como el alzheimer, la dislexia o la depresión. En los roedores se ha visto que a partir de un momento dado su cerebro empieza a acumular una proteína llamada beta-amiloide; en las personas aquejadas de alzheimer, esta proteína aflora formando espesas placas, que son la señal inconfundible de la enfermedad.
Somos conscientes ahora de la correlación existente entre el ejercicio físico y las correspondientes ventajas neuroprotectoras, aunque no sabemos todavía el mecanismo exacto para poder inhibir los efectos traumáticos o activar los curativos.
A esto unimos el impacto del cuidado de la dieta –la necesidad imperiosa de ácidos grasos del tipo omega 3 para el buen funcionamiento cerebral–. La falta de esos ácidos grasos, por ejemplo, se asocia a enfermedades tales como dislexia, depresión, desorden bipolar, demencia y esquizofrenia. Es cierto que después de muchos esfuerzos mucha gente se ha convencido de que los ejercicios físicos y el cuidado de la dieta eran trascendentales para preservar su salud física. ¿Nos costará otro tanto convencerlos ahora de que está en juego también su salud mental?

E. PUNSET

DUOMO FIRENZE

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